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¿El pacto global de la COP26 podrá frenar la deforestación?

Fecha: 17 de Diciembre del 2021

La semana pasada, el anuncio de un compromiso multinacional para acabar con la deforestación hasta 2030 pareció ser, a primera vista, motivo de celebración. No obstante, existe la preocupación de que el anuncio pueda ser otra promesa vacía y que, sin medidas concretas, la deforestación persista e incluso se intensifique.

El primer ministro británico, Boris Johnson, recibió el pacto con un previsible entusiasmo. “Estos formidables ecosistemas abundantes –estas catedrales de la naturaleza– son los pulmones de nuestro planeta” , proclamó en Glasgow, Escocia, Reino Unido, sede de la COP26, Cumbre sobre la Acción Climática de la ONU de este año, que se extenderá hasta el 12 de noviembre. “Vamos a trabajar juntos no solo para proteger los bosques, sino para garantizar su recuperación”.

Según el Instituto de Recursos Mundiales (WRI, por sus siglas en inglés), si la deforestación tropical fuera un país, sería el tercer mayor emisor de dióxido de carbono de la Tierra. Además, en conjunto, los bosques del mundo son sumideros de carbono, ya que eliminan de la atmósfera aproximadamente 7.600 millones de toneladas de carbono, alrededor del 20 por ciento de las emisiones mundiales, cada año. Un acuerdo para eliminar esas emisiones y proteger este sumidero de carbono sería un logro importante para la conferencia que está acogiendo el gobierno de Johnson.

Sería aún más importante si se tiene en cuenta que, según los datos anunciados el 4 de noviembre por la organización Global Carbon Project, se espera que las emisiones globales de CO2 de origen fósil crezcan el 4,9 por ciento el 2021, un porcentaje casi igual al descenso del 5,4 por ciento debido a los cierres causados por la pandemia de COVID-19 en 2020. De hecho, se espera que el uso de carbón y gas este año supere los niveles anteriores a la pandemia.

Razones para la precaución 

Dicho esto, los precedentes sugieren que este nuevo compromiso debería ser recibido con una gran dosis de escepticismo. En 2014, la Declaración de Nueva York sobre los Bosques también estableció el objetivo de poner fin a la deforestación para 2030, con una meta provisional de reducción del 50 por ciento para 2020. Un estudio realizado en 2019 descubrió que las tasas de pérdida de bosques fueron 41 por ciento más altas en los años posteriores a esa declaración que en los anteriores, y que se perdía anualmente un área del tamaño del Reino Unido.

Y aunque 40 naciones hayan apoyado la declaración de Nueva York, los dos países con lamayor superficie forestal, Brasil y Rusia, no se encontraban entre ellos. Sin embargo, estos países estaban en Glasgow, al igual que el quinto país con mayor superficie forestal, China. En total, los 131 países que han firmado la declaración hasta ahora representan el 90 por ciento de la superficie forestal de la Tierra.

Pero algunas de estas firmas despertaron escepticismo, especialmente la de Brasil. Desde que el presidente Jair Bolsonaro asumió el cargo en 2019, las tasas de deforestación del país han alcanzado su nivel más alto en 12 años, lo que llevó a un grupo de académicos y activistas ambientales a advertir en julio que la selva amazónica “colapssaría” si él seguía siendo presidente.

Dos días después del anuncio de la declaración, Indonesia –uno de los países con más bosques del planeta– pareció retractarse de su compromiso.

“Obligar a Indonesia a lograr una deforestación cero en 2030 es claramente inapropiado e injusto”, escribió Siti Nurbaya Bakar, ministra de Medio Ambiente del país, a través de Twitter, el 3 de noviembre. El desarrollo, continuó, “no debe detenerse en nombre de las emisiones de carbono o en nombre de la deforestación”.

Además, para aumentar la confusión, el viceministro de Asuntos Exteriores del país, Mahendra Sinegar, negó al día siguiente que la deforestación cero formara parte siquiera del compromiso de Glasgow, declarando a la agencia de noticias Reuters que su país lo había interpretado como un compromiso de “gestión forestal sostenible... no de acabar con la deforestación hasta el 2030”.

Estas palabras pusieron de manifiesto una ambigüedad aparentemente evidente en la declaración: ¿Qué significa exactamente su compromiso de “detener y revertir la pérdida de bosques y la degradación de la tierra”? Según una interpretación, por ejemplo, la eliminación de bosques puede no ser técnicamente considerada una deforestación si la tierra no se destina a otros usos comerciales, o si se replantan árboles para, por ejemplo, la producción de pallets de madera.

Según Diana Ruiz, responsable de la campaña de bosques de la organización no gubernamental estadounidense Greenpeace, las palabras de Indonesia ponen de manifiesto que la declaración de Glasgow es muy prometedora, pero poco concreta.

“No hay ninguna claridad ni alineación entre los países que acaban de firmar”, dijo. “No existe una estructura para cumplir las metas. Manifestarse en un escenario internacional y declarar que los países pondrán fin a la deforestación antes de una fecha determinada no tiene en cuenta las complejidades del proceso. ¿Cómo lo harán? ¿Cuáles son los objetivos? ¿Cuáles serán las implicaciones para países como Indonesia y Brasil, que están introduciendo políticas que fomentan una mayor deforestación y que contradicen lo que acaban de prometer?”.

En ruta de cambio. 

Reducir e incluso detener la deforestación es posible. Las tasas de deforestación mundial han disminuido década tras década, desde su pico en los años de 1980; durante los últimos 30 años, los bosques templados han experimentado un aumento continuo de su superficie forestal. Costa Rica ha pagado a los agricultores para que protejan los bosques.

Como resultado de la presión combinada de Greenpeace Brasil y la Fiscalía Federal de Brasil, este país logró las tasas de deforestación amazónica más bajas de su historia entre 2009 y 2014, antes de que las crisis políticas y económicas, seguidas de las políticas del gobierno Bolsonaro, hicieran que volvieran a aumentar.

Por otro lado, las cifras preliminares del nuevo informe del Global Carbon Project ofrecen una noticia muy esperanzadora. Los investigadores del proyecto habían calculado previamente que las emisiones de carbono procedentes de la deforestación y otros cambios en el uso de la tierra aumentaron en un 35 por ciento desde el año 2000. Pero su estimación revisada sustituye ese aumento por una disminución de aproximadamente la misma magnitud, en gran parte porque la expansión de las tierras de cultivo en los bosques tropicales, en Brasil y en otros lugares, ha sido aparentemente menor de lo que se pensaba.

Si se confirman las nuevas cifras, significaría que la producción mundial de CO2 podría haberse mantenido básicamente estable durante la última década, a pesar del aumento de las emisiones de este año tras la pandemia. En cualquier caso, la investigación es un indicador más de la gran diferencia que podría suponer detener la deforestación.

“Los bosques son importantes por dos razones”, explicó Jones. La primera es que el carbono que está encerrado en ellos se libera cuando se talan los bosques. La otra es en virtud del carbono que los árboles absorben del aire cada año, amortiguando así parte de nuestras emisiones.

Según Jones, en términos netos, los bosques de todo el mundo absorben más carbono de lo que liberan. Sin embargo, algunas regiones –por ejemplo, la Amazonía brasileña e incluso algunos lugares declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO– actualmente producen más carbono del que absorben. Eso, observó Jones, “es un grave problema”.

El potencial para el desastre es especialmente grave en los bosques que crecen en suelos de turba ricos en carbono, que pueden contener incluso más carbono que los propios árboles que estos suelos sustentan. Esta es una de las razones por las que en Glasgow se ha prestado especial atención a la segunda mayor selva tropical del mundo, en la cuenca del Congo, a la que gobiernos y donantes privados se han comprometido a aportar US$ 1.500 millones. Estudios recientes han concluido que las turberas cubren el cuatro por ciento de la superficie forestal de la cuenca y contienen tanto carbono como el 96 por ciento restante.

Fuente: National Geographic

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